“Solo voy con mi pena, sola va mi condena. Correr es
mi destino, por no llevar papel”
Cerca del atardecer subimos al majestuoso tren que nos
llevaría de Tupiza a Uyuni. Sí, increíblemente majestuoso, con sus guardias
trajeados sacados de una película de Hollywood que cada exactamente media hora
pasan barriendo el pasillo, como nadando en contra de la corriente impuntual y
atractivamente desprolija de Bolivia y toda Latinoamérica en general. Al
embarcarnos notamos que nuestros supuestos asientos estaban ocupados con
mochilas y bolsas encima. “¿Esto es de alguno de ustedes?”, preguntamos.
“No, esperen un ratito y seguro aparecen los dueños, ¡mientras tanto prueben
este picante de carne que está bien chingón!”, respondió un chico con
camiseta de México sentado con dos rubias que no parecían hablar español. Esa
fue la primera vez que vimos a Óscar. Al final nos dimos cuenta que habíamos
leído mal el boleto y estábamos en el vagón equivocado, por lo que cabizbajos y
novatos dimos media vuelta y nos fuimos.