Nunca fui
muy bueno para los deportes. Desde chico he intentado con varias disciplinas,
pero no hubo caso. Básquet, karate, natación, tenis, gimnasio y fútbol. Todos
los intentos fueron un fracaso detrás de otro, aunque a veces me han hecho
pasar grandes momentos de felicidad. El que más recuerdo es aquel día en que
nuestro equipo de fútbol de barrio iba perdiendo por goleada, yo estaba en el
banco (como siempre) y el director técnico decidió que entrara a jugar los
últimos diez minutos del partido.Una vez en el campo de juego, me llega una
pelota sorpresiva que me deja cara a cara con el arquero rival. Sin ningún tipo
de criterio o técnica pateo y la pelota pega en el palo y se va afuera. Nunca
voy a olvidar el “Uhhhh!” que se escuchó desde la poco
concurrida tribuna. Repito, los deportes nunca fueron lo mío.Y de pronto me
encuentro en La Paz, subido a una combi rumbo a la “ruta de la muerte”, una
antigua carretera en bajada que se hace en bicicleta y es famosa por sus
imponentes paisajes, sus trayectos sinuosos, sus amenazantes precipicios y por
las numerosas historias de víctimas fatales que se ha cobrado a lo largo de los
años. El guía explicó el itinerario, pidió que nos presentáramos y nos contó que
cada uno de nosotros sería ganador de una remera en caso de completar la
carretera exitosamente.
lunes, 22 de junio de 2015
lunes, 13 de abril de 2015
No existe adiós
Ayer en
la plaza de Purmamarca había un grupo de lugareños bailando danzas típicas de
la región. “Qué bueno estaría aprender”, decíamos mientras vimos que una
chica que por su aspecto no parecía local, tomó coraje y se unió a la ronda.
Hoy
después de haber subido al mirador panorámico del Cerro de los Siete Colores,
volvimos al campamento por nuestras mochilas, saludamos a la dueña del lugar y
nos arrastramos hacia la terminal de ómnibus. No terminé de decir “dos
a Tilcara” cuando notamos que ella estaba ahí, la chica valiente de la
plaza. El colectivo tardó en llegar, por lo que más allá del sol sofocante y
por momentos molesto no quedó otra opción más que entablar una conversación con
ella y otra chica que la acompañaba. “La idea es llegar a México”,
dijeron. Nos tomamos el mismo micro pero ellas bajaron en Maimará. “Capaz
nos volvemos a ver”, dijimos mientras agarraban su equipaje de mano. “Seguro,
ya nos veremos”, respondieron. Al llegar a Tilcara notamos que ellas
todavía estaban en los asientos delanteros del micro. “Vimos el pueblo y nos
arrepentimos, mejor nos instalamos en Tilcara”.
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